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¿Suecia y Finlandia en la OTAN? Bueno, podría, pero…

Finlandia y Suecia en la OTAN

Medios oficiales y de comunicación de cierto número de países saludan con entusiasmo el hipotético ingreso en la OTAN de Suecia y Finlandia. Lo que más llama la atención, en este ambiente de psicosis bélica y falta de moderación, es el escepticismo de Alemania y Francia. El tema sueco y finlandés infla los espíritus de innumerables guerreros de butaca que se emocionan ante el despliegue de glamour socialdemócrata, sobrio buen gusto en el vestir y virtud cívica de las democracias nórdicas. Pero en París y Berlín la reacción ha sido de una frialdad extrema que la cortesía dimplomática y los gabinetes de comunicación se empeñan vanamente en disimular. Diríase que, además del desencuentro entre Washington y Bruselas en cuanto a la política con Rusia, se ha abierto otra trinchera que, de puertas adentro, marca una importante diferencia de criterio entre las naciones más importantes y el resto de los estados miembros de la Unión.

La prudencia de Scholz y Macron es fácil de explicar. Países como Suecia y Finlandia se han distinguido durante décadas por una política de neutralidad de la cual se sentían orgullosos. Ahora deciden abandonarla para llamar a las puertas de la Unión Europea y la OTAN, instituciones que hasta ayer mismo inspiraban en Escandinavia el más profundo de los desprecios (sobre todo en Suecia). Que algo sea buen negocio para Finlandia o Suecia no implica que lo tenga que ser para Europa, o más concretamente para Francia o Alemania, naciones con un gran peso económico y militar cuyos gobiernos se encargan del trabajo duro de la política continental y son responsables de los resultados buenos o malos de la misma.

En segundo lugar, está claro que la incorporación de los países nórdicos a la OTAN no es una buena idea. La existencia de estados neutrales es recomendable porque de entrada permite evitar el contacto directo entre potencias que no se llevan bien. Podemos considerar a esos países como un terreno de juego para la actividad diplomática, para disipar tensiones y reducir las probabilidades de que los desacuerdos conduzcan a callejones sin salida y a la agresión militar como única alternativa. Poner a la OTAN en contacto directo con lo que queda del Ejército Rojo no es una opción que convenza a ningún diplomático de la escuela clásica.

Por último, y más importante como razón que explica el escepticismo francoalemán, se encuentra la posibilidad de que los trabajos de fondo para lograr un acuerdo de paz en el conflicto de Ucrania estén ya en marcha. En tales casos, como es sabido, la labor no la llevan a cabo presidentes de gobierno o ministros, sino equipos de negociadores profesionales que actúan a través de cauces confidenciales. Estos negociadores son, principalmente, alemanes y franceses. Y por aquello de que no se puede estar al mismo en misa y repicando, no viene bien que sus jefes se sumen a ese ruidoso y emocionalmente inestable coro de idealistas que adornan con banderitas sus perfiles de Twitter.

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