¿Cuál es la Historia en Bilbao?

Reinvención de una ciudad en declive

Microgestión y estrategia del buen gobierno

Microgestión

Hace años estuve trabajando de intérprete para una empresa de Loiu que había comprado una fundición de metales no férricos en Erfurt, Alemania Oriental. Un grupo de operarios se había desplazado desde Sajonia hasta los alrededores de nuestro rudo, provinciano e industrialmente heroico Bilbao para integrarse con los procesos ingenieriles de la matriz. Se trataba de hombres en la cincuentena, que, fieles a su vocación de servicio en las fraguas de Vulcano, preferían consumir el último tramo de su vida útil al calor de un horno de cobre en vez de sentarse los lunes al sol o fundirse las ayudas sociales en cerveza. Solo esto ya les convierte en héroes de nuestro tiempo. Uno de ellos me dio una lección inolvidable acerca de las relaciones jerárquicas en el organigrama empresarial moderno. Todo sucedió al plantearse la conveniencia de poner un poco más de orden en la zona de trabajo desde la cual se controlaba el funcionamiento de los hornos. No es que aquello estuviese manga por hombro. Pero había algunas cosas fuera de su sitio que, sin llegar a afectar a la producción, podían causar una impresión negativa en caso de que uno de los superiores se acercara para husmear.

«Es conveniente que en toda zona de trabajo», me dijo, «haya un par de cosas de poca importancia que no estén en el sitio que les corresponde: un cubo de la limpieza fuera del armario, fichas mal alineadas encima de la mesa o una lata de grasa abierta. De este modo, cuando venga uno de los jefes, nos llamará la atención al verlo, nosotros le daremos la razón, lo arreglaremos en un pispás y todos contentos. El jefazo se marchará satisfecho pensando que ha hecho respetar su autoridad. Pero no es conveniente que haya demasiado orden. Porque en ese caso, el jefe buscará mejor y encontrará otros defectos más serios, tanto reales como imaginarios. Y entonces puede haber problemas. En cualquier caso, tendremos mal rollo y habrña que trabajar más de la cuenta».

Atraer la atención sobre detalles de poca importancia es una táctica que por lo general no utilizan los obreros con la superioridad, sino más bien al revés, y en contextos más amplios que el de una fábrica de metal fundido. A quienes manejan la política les interesa que la ciudadanía y los medios de comunicación estén pendientes de ciento y un memeces ideológicas y mediáticas, para evitar que su atención se vea atrapada por cuestiones de mayor importancia. ¿Creéis que detrás de todo eso de de la ideología de género, la corrección política, el lenguaje inclusivo, la exhumación de los restos del Caudillo, el cambio climático y la tontuna vacuneril no hay también una lógica racional? Por supuesto que la hay.

Mientras la gente se rompe los cuernos por bobadas, no quedan tiempo ni energía para pensar en el modo en que las élites gestionan los auténticos negocios del país: el Estado de las Autonomías, los chanchullos de los partidos políticos, el poder de la Corona, las grandes empresas, las ONGs, la economía de las subvenciones y mil otros arbitrios de los cuales unos cuantos aprovechados viven magníficamente. Por el bien de los intereses creados conviene que todo ese back office siga permaneciendo en segundo plano. Ese es el tipo de cosas en las que nos fijaríamos si, como el capataz de la fundición, no estuviésemos todo el tiempo ocupados con la microgestión de gilipolleces.

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