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Reinvención de una ciudad en declive

Pataleta soberanista en Martorell

SEAT Martorell

Esta mañana me encuentro con que en portada de Expansión -un periódico de economía y no de entretenimiento como el resto- es noticia la boronada del Govern con su plante al Jefe del Estado, al Presidente del Gobierno y a varios ejecutivos de alto nivel durante la visita a la planta de Volkswagen. Que el hecho sea motivo para incluirlo como editorial de fin de semana en un medio financiero prueba hasta qué punto los partidos que dirigen la política catalana han dejado de ser fuerzas de progreso para convertirse en entidades tan pueblerinas y reaccionarias como las desorganizadas masas que se lanzaban al monte durante las rebeliones campesinas de la Edad Media. En estos infantiles conatos de protesta, que no son tan espontaneos como parece, ya que están organizados por agitadores profesionales con el apoyo del Govern de la Generalitat, no hay nada de estrategia, ni de provecho para la sociedad, y, por supuesto, tampoco la menor perspectiva de éxito. Se trata tan solo de una rabieta infantil de gentes tan paletas, desinformadas y fuera de sí, que ya no se dan cuenta de que lo mucho que ha transcurrido desde el momento en que dejaron la vía del debate ideológico para entrar en la fase de la esquizofrenia, las piedras en tejado propio y la pura mala educación.

La charranada de Martorell coincide con el anuncio, por parte de Volkswagen, Iberdrola y el Gobierno de España, de crear una fábrica de baterías para vehículos eléctricos. Un gran paso adelante -esperemos- en el proceso de reindustrialización de nuestra economía tras el colapso del Covid-19. La Generalitat de Catalunya se queda descolgada del proyecto porque al parecer no juzga que la transición a la movilidad sostenible sea un tema de mayor importancia que el ridículo propósito de reactivar el Procés. Entretanto, otra multinacional alemana, Robert Bosch AG, cierra las plantas de Castellet y Lliça para trasladar su producción a Polonia. Suma y sigue.

Cataluña se hunde por la pura incapacidad de una camarilla de políticos profesionales y la burrez de toda una generación estropeada por una vida demasiado cómoda, las subvenciones de la Generalitat y el adoctrinamiento ideológico de un soberanismo visceral, desinformado, lleno de resentimiento, burdo y mal entendido. Por la pérdida del sentido comun y un descenso de nivel en todos los ámbitos de la vida pública, incluyendo la pérdida de algo tan básico como la capacidad para saber qué es lo que nos conviene y qué no.

Cuando Fernando VII volvió a España como monarca absoluto, tras las Guerras Napoleónicas, los garrulos de Madrid desengancharon las caballos de su carroza para ocupar ellos mismos el lugar de las bestias. «¡Para mulas, nosotros!», decían alborozados. Con todo lo vergonzosa que semejante escena haya podido ser a comienzos de nuestro conmocionado y goyesco siglo XIX, no iguala a la estolidez de los políticos catalanes y sus seguidores de hoy. Porque aquellos zafios gañanes de Madrid que tiraban del Rey Felón jamás habrían lanzado piedras a sus propios tejados.

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