¿Cuál es la Historia?

Crónicas Emprendedoras

Barcelona y Bilbao: reinvención de dos ciudades

Marca Barcelona

Estoy leyendo el libro de Chelo Morillo «Marca Barcelona. Creación de una identidad» (Editorial Profit, 2018) y debo reconocer que pocas obras sobre el complejo tema de las marcas e identidades urbanas me han impresionado tanto. Lo considero una obra de referencia obligada -en caso de que no lo conozcan ya- para todos aquellos que se ocupen de la promoción de Bilbao como destino para el turismo urbano. También, por supuesto, para profesionales que estén trabajando en ámbitos como turismo receptivo, organización de congresos, smart cities, planificación urbana, arqueología industrial, gestión de reservas hoteleras y demás. No hace falta decir que el ciudadano o la ciudadana de a pie interesados por la ciudad en que viven también podrán sacarle un partido considerable.

¿Qué puede aprender Bilbao de Barcelona para su proceso de reinvención de marcas e identidades urbanas y convertirse en un lugar preferente de destino para turistas e inversores? Pues no poco, ya que ambas ciudades han tenido un devenir histórico y una crisis de estructuras sociales y económicas similares. Barcelona creció y se convirtió en una gran urbe europea impulsada por la Revolución Industrial del siglo XIX. A mediados del XX vivió un último y desordenado ciclo de expansión que terminaría abruptamente con la crisis del petróleo en los años 70. Y posteriormente ha puesto en marcha vastos proyectos innovadores en busca de nuevos modelos de desarrollo basados en la cultura, los servicios y la tecnología. ¿No nos resulta familiar?

Si el momento clave que dio lugar a la Barcelona actual fueron los Juegos Olímpicos de 1992, Bilbao halló su oportunidad en la edificación del Museo Guggenheim. Desde entonces es mucho lo que ha llovido. El libro de Chelo Morillo -que actualmente trabaja como Profesora de Comunicación Internacional en la Universitat de Manresa y Marketing Communications Manager en la consultora empresarial JDA- informa no solo sobre puntos y oportunidades comunes, sino también acerca de posibles escollos en los que el proyecto postindustrial barcelonés estuvo a punto de encallar.

El ejemplo más evidente fue Forum en 2004. Este megaproyecto no solo supuso el agotamiento del modelo iniciado a finales de los años 80 con la construcción de la Ciudad Olímpica. También perjudicó a la credibilidad de los planificadores municipales, y estuvo a punto de enajenar buena parte del apoyo de la ciudadanía a los procesos de reinvención de la marca urbana. ¿No nos recuerda esto al riesgo que actualmente se corre en Bilbao con esos nuevos planes, tan cacareados desde las instituciones y los promotores urbanísticos, para remodelar zonas céntricas y urbanizar islas en medio de la Ría? Existe el riesgo de que estos proyectos, que siguen el mismo modelo de éxito iniciado con el Guggenheim y Abandoibarra, no lleguen a producir los resultados esperados en un futuro próximo. En tal caso no debería extrañarnos, ya que la repetición de modelos antiguos de éxito, cuando las circunstancias han cambiado, plantean más inconvenientes que ventajas. Al menos habría que estar prevenidos contra ello.

En algunos aspectos, Bilbao ha seguido el ejemplo de Barcelona (puesta en valor de arquitecturas tradicionales y de autor). En otros no: Barcelona aprovechó la entrada de España en el Mercado Comun (1986) para convertirse en principal nodo de comunicación entre Europa y la península Ibérica. En Bilbao, a día de hoy, aun tenemos pendiente la importantísima asignatura de la «Y» Vasca y la llegada del Tren de Alta Velocidad a la estación de Abando-Indalecio prieto. Lo que sí parece evidente, en el caso de las dos ciudades, es la necesidad de crear ecosistemas emprendedores, una pieza vital en cualquier estrategia que persiga los dos objetivos principales de toda política urbana de hoy en día: atraer inversiones foráneas y fomentar la interconexión con otros centros urbanos clave en esa gran red mundial de ciudades del siglo XXI que hoy todo lo mueve, y en la cual se espera que termine viviendo el 60% de la población mundial.

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