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La «quinta ola» – Entre la realidad y la histeria de masas

Turistas en Bilbao

He estado mirando los datos del Gobierno Vasco sobre la evolución del Coronavirus y en ellos hay algunas particularidades que me llaman la atención. La más significativa es la desproporción entre las cifras de incidencia del patógeno por edades. Da la impresión de que el Covid-19 prefiere a la gente joven: trabajadores en activo hasta los 50 años, universitarios e incluso niños. En esos segmentos demográficos la incidencia acumulada se dispara. Por el contrario la gente de cierta edad sale relativamente indemne de eso que los medios, con el acostumbrado alarde de sensacionalismo, llaman la quinta ola. Ingresos en planta y los fallecimientos se mantienen estacionarios, como si el virus hubiese perdido letalidad en las nuevas variantes mutadas.

Todo lo que sabemos procede cifras estadísticas extraidas de pruebas PCR, serologías, hospitalizaciones y fallecimientos. En este aspecto no hay mucho que añadir. Los repuntes pueden ser un reflejo de la movilidad típica de los meses de verano. La mayor proporción de casos entre los jóvenes se explica por sí misma, haciéndose visible en casos muy pregonados por los medios como los confinamientos de Mallorca o los botellones de Madrid. Las normas de control se han relajado en aeropuertos, estaciones ferroviarias, centros comerciales y otros espacios compartidos.

¿Debemos dejarnos llevar por el alarmismo de los medios? ¿Está justificado el retorno a aquella histeria colectiva, alentada por el poder público, ciertos comentaristas de prensa y balconazis, sobre la falta de responsabilidad, el «algo estamos haciendo mal» y otras majaderías milenaristas por el estilo? Ni mucho menos. La visión de conjunto describe un Covid-19 en retroceso, siguiendo la misma dinámica que todas las otras grandes pandemias de la historia sin excepción. La economía mejora, el empleo se recupera y el optimismo asomar tímidamente en las terrazas de los bares. Los jóvenes irresponsables suponen un problema manejable. Al constituir una parte tan pequeña de la población (menos de un uno por mil), su potencial infeccioso a partir de familias y círculos de amigos queda compensado por las medidas de contención -mascarillas, distancia de seguridad, higiene- aplicadas en el resto de la sociedad.

En esta fase terminal de la pandemia yo solo veo un riesgo importante, que se ha manifestado a raíz de los incidentes de Mallorca, con las protestas generalizadas contra el gobierno balear por el confinamiento de un grupo de jóvenes afectados por el virus: se están cometiendo los mismos errores que dieron lugar al desastre de gestión de las primeras oleadas del Covid-19. Ahora que la situación es relativamente estable, es el momento de cambiar la ineficaz estrategia de contención por un programa de medidas encaminadas a la supresión total, parecido al que implantaron algunos países como China o Australia.

Emparedar a un solo individuo o a un grupo reducido de personas durante 14 días es preferible a tener encerradas naciones enteras y la economía paralizada durante durante meses o incluos años. En cuanto surgiese el más mínimo foco de infección, un confinamiento selectivo impediría la proliferación del patógeno con mucha mayor eficacia que las vacunas, los cierres perimetrales o los toques de queda. Esa era la intención del Gobierno Balear al confinar a los jóvenes. Por desgracia la autoridad judicial y una parte de la opinión pública no fueron del mismo parecer. Y esa es la política que debería seguirse, no slo con el Coronavirus, sino en cualquier pandemia del futuro. Por desgracia, no vemos que se estén dando pasos en esa dirección.

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