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El Coronavirus se bate en retirada

Coronavirus

Tanto la curva de nuevos infectados -de acuerdo con los PCR y las pruebas rápidas- como la de fallecidos acusan el trazo característico en todos los casos históricos de pandemia. Primero un ascenso rápido e incontenible, hasta llegar a un máximo a partir del cual la gráfica desciende gradualmente hasta quedar aplanada en niveles próximos a cero, pero no nulos porque el virus subsiste en pacientes rezagados y repositorios ocultos que de vez en cuando dan lugar a nuevos casos de contagio. La dinámica de todas las enfermedades, tanto en la Edad Media como en la actualidad, ha sido siempre la misma. Basta echar un vistazo a las gráficas para darse cuenta de que, a día de hoy, el #coronavirus está prácticamente muerto. Y es posible que no vuelva en mucho tiempo.

Entonces, ¿a qué viene toda esta obsesión por los posibles rebrotes del patógeno? ¿o tanto grado de detalle en la planificación de las fases de desconfinamiento, con plantillas en Microsoft Project, nuevas ordenanzas públicas y una normativa sobre uso de mascarillas y distancias interpersonales tan surrealista como la que durante la cuarentena provocó más de un millón de propuestas de sanción contra ciclistas y gente que hacía jogging en un descampado?

Hay varias causas para esta paranoia intervencionista bien intencionada. Todas tienen que ver con el deseo de evitar daños de imagen para la clase política. Los ligeros repuntes en el tramo descendente de la curva son estadísticamente inevitables. Pero debido a la presión de los medios y la opinión pública, la tolerancia hacia los nuevos casos de contagio o fallecimiento es tan baja como la que existía hacia la muerte de soldados americanos o británicos durante las guerras de Kuwait o Kosovo.

Otro factor que explica el exceso de prudencia de los gobiernos es su propio déficit de liderazgo y de confianza para hacer frente a la crisis. Las autoridades públicas -tanto estatales como autonómicas- mostraron una total incapacidad para dominar la situación. Ahora la reentrada en eso que con poco acierto y de una manera innecesariamente eufemística denominan «Nueva Normalidad» plantea un desafío mucho mayor que el de la propia pandemia -paro masivo, destrucción de la economía, paralización del comercio internacional-. Andar como si se estuviese en un campo de minas es lo que manda el instinto de supervivencia burocrático. Las fases de desescalada, el control de la población y los reglamentos restrictivas sirven para que la gente se de cuenta de que los poderes del Estado y la clase política, aunque no hagan nada, siguen estando ahí.

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