¿Cuál es la Historia?

Crónicas Emprendedoras del Nuevo Bilbao

Bilbao: la increíble ciudad menguante

Bilbao ciudad menguante

Bilbao va a menos. Triste decirlo así, de un modo tan seco y con tan pocas palabras. No nos gusta oirlo, pero es la verdad y tarde o temprano nos veremos obligados a hacerle frente.A mediados de los 70 del siglo pasado, cualquier recién llegado a la ciudad encontraba un empleo con solo leer la sección de anuncios del periódico; hoy tenemos un 13 por ciento de paro y solo hay trabajo para camareros y cuidadoras. En 1980 Bilbao tenía 410.000 habitantes; hoy son 345.000, con tendencia a disminuir. En 1983 el Athletic ganaba la Liga; hoy se contenta con hacer equilibrios para no caer a Segunda División. Es de suponer que con este increíble proceso menguante, la autoestima de los bilbaínos ha debido sufrir lo indecible. Por suerte, ahí tenemos los bares para ayudarnos con el tipo de terapia que mejor nos va.

El declive de Bilbao es paralelo a los procesos de crisis estructural de otros emplazamientos de características similares en la Europa Atlántica. Pero la semejanza termina ahí. Las grandes urbes industriales del Noroeste de Inglaterra o la cuenca alemana del Ruhr, que también experimentaron un duro golpe por las reconversiones de los años 80, no llegaron a perder un 15% de su población. Hoy, gracias a las nuevas tecnologías, la innovación empresarial y el desarrollo de nodos multimodales de comunicaciones y transporte, vuelven a ser ciudades prósperas y dinámicas. En Bilbao, en cambio, aun tendremos que esperar tres o cuatro años para que nos hagan una estación de Alta velocidad que debió llegar aquí ya antes de 1992.

De entrada este simple hecho, el retraso de tres décadas en algo tan crucial como la Alta Velocidad, sugiere que en la decadencia de Bilbao, además de los factores estructurales, ha jugado un papel decisivo la incompetencia de la dirección política, tanto a nivel local como provincial y regional. Que Bilbao, y con él toda Bizkaia, debería haber apostado con decisión por soluciones multimodales para compensar la caída de la gran industria, no es algo que se sepa a toro pasado. Para probarlo ahí están las memorias económicas de los grandes bancos de entonces o los ensayos de economistas como el recientemente fallecido Rafael Ossa Echaburu. En aquellos escritos, a finales de la década de 1970, ya estaba expuesto ese plan «B» que algunos teóricos de la intermodalidad nos quieren presentar hoy como una apuesta de futuro novedosa.

Aunque la historia oficial y la propaganda de las instituciones lo relaten de otra manera, la triste verdad es que la situación en la que se encuentra hoy Bilbao es el resultado de decisiones políticas oportunistas y a corto plazo. Los plateamientos estratégicos fueron de andar por casa (mejora de comunicaciones mediante el metro, construcción de viviendas sociales y descontaminación de la Ría). A ver, nadie rebate que todo eso estuvo muy bien. Sin embargo, no se tuvo en cuenta lo que realmente hace importantes a las ciudades en la moderna civilización industrial: su inserción en una red internacional de centros de relevancia económica, comercial, política y cultural. Solo así las grandes urbes industriales han conseguido sobrevivir y seguir siendo importantes en el mundo globalizado del siglo XXI.

El Bilbao del siglo XXI es una ciudad de burócratas, vigilantes jurados y camareros. A fuerza dar rodeos, de no saber distinguir entre talento estratégico y mediocridad funcionarial, de minuciosa microgestión de un proceso de downsizing -que dicho sea de paso, también convenía por razones políticas e ideológicas en las que no es el momento de entrar- Bilbao ha llegado al escenario que menos deseaba, pero que ahora necesita cuidar y perfeccionar porque a corto y medio plazo es el único que tenemos, y de él proceden casi todo el empleo y los ingresos fiscales. En otro tiempo ciudad industrial y mercantil de gran pujanza, Bilbao tiene hoy un modelo económico basado en la construcción, el turismo y la hostelería.

Que conste que no tengo nada en contra de este modelo que nuestros incompetentes y mediocres funcionarios municipales optarono por construir en torno al Guggenheim y los pintxos de la Plaza Nueva. Como experto en análisis de datos para la economía del sector hostelero, a mi me ha venido muy bien que Bilbao sea hoy un destino turístico tan solicitado. Solo haciendo de guía para alemanes y americanos acaudalados, llevándoles hasta los mejores restaurantes y contándoles cómo se construyó el Guggenheim, este servidor de ustedes y de Dios ya es capaz de ganarse la vida con cierta holgura y además de un modo bastante ameno. Pero pensando en el bienestar y las necesidades de autoestima de nuestros conciudadanos y conciudadanas, encuentro que la apertura de Bilbao al mundo debería tener lugar en un plano más ambicioso: en la misma liga que juegan otros centros urbanos relevantes exitosamente reconvertidos gracias a la intermodalidad, la tecnología, el comercio internacional y el esfuerzo emprendedor.

Quizás ha llegado el momento de darle un vuelco a la situación. Bilbao tiene que dejar de ser una ciudad tan aldeana y mediocre. Volver a abrirse al mundo y recuperar aquellos proyectos del hinterland y la intermodalidad que auspiciaron los economistas visionarios que redactaban las memorias de los Bancos de Bilbao y Vizcaya, y que incluso llegaron a anticiparse a la crisis del petróleo de los años 70. Si queremos que todos esos chistes de bilbainos tan ridículos a fuerza de exagerados que aun se cuentan vuelvan a tener la misma razón de existir que en otros tiempos, algo habrá que hacer al respecto. Porque de lo contrario, y para desgracia de nuestro maltrecho ego colectivo, no serán más que otra txorrada más, tan prescindible como los folletos publicitarios de la Diputación Foral de Bizkaia, que va a terminar rayando lo suyo y más.

Ahora que por fin parece que llegan -crucemos los dedos- la Alta Velocidad y algunos proyectos interesantes de incubadoras y startups, por ejemplo la Torre Bizkaia, es preciso acostumbrarse a pensar en todo esto como un nuevo eje de articulación económica, no como en la guinda destinada a rematar una tarta arquitectónica y paisajística que, eso sí, admitamos que es un primor, pero que de momento solo ha dado de comer a concejales del Ayuntamiento y arquitectos estrella traídos de afuera.

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