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La guerra podría terminar con una alianza entre Rusia y Ucrania

Putin - Zelensky

Entre los múltiples escenarios imaginados por los analistas, hay uno que, aunque bizarramente improbable, no es del todo imposible: un acuerdo entre los contendientes, pero no para negociar un armisticio o la rendición, sino con vistas a dejar de lado sus diferencias históricas para constituir una alianza política y militar capaz de dominar toda la Europa del Este y Asia Central. Antes de objetar lo absurdo de semejante perspectiva, conviene tener en cuenta que se trata de pueblos eslavos, volubles, temperamentales, obsesionados con una idea de la seguridad territorial que no se corresponde con nuestra noción de frontera, y cuya mentalidad es muy diversa a la de los países que conforman la Unión Europea. Basta echar un vistazo a cualquier mapa sociolingüístico de Ucrania para darse cuenta de algunas realidades que dificultan una solución militar al conflicto, tanto de un lado como del otro. Aunque la propaganda occidental nos muestra las zonas rusófonas comprimidas en unos insignificantes distritos situados al este del país, lo cierto es que en Ucrania la minoría rusa dista de ser precisamente minoritaria. Al menos un 30 por ciento de la población ucraniana es de etnia rusa. Si tuviéramos que trazar la frontera entre ambas comunidades, aquella coincidiría más o menos con el curso del Dnieper: al oeste, los ucranianos; al este, los rusos. Y en cada parte, todos mezclados con todos, formando familias mixtas, hablando el mismo idioma y padeciendo por igual las consecuencias de la guerra.

¿Es posible la partición de un estado de 45 millones de habitantes a lo largo de una frontera natural marcada por un río? ¿En pleno siglo XXI, con las nuevas tecnologías y el acortamiento de distancias que trae la globalización? El único modo de superar tales contradicciones, evitando un doloroso escenario de vencedores y vencidos, o un enquistamiento del conflicto para las próximas décadas, es mediante el cese inmediato de hostilidades y la unión. Si nos paramos a pensarlo, en realidad no hay motivo para que dos naciones eslavas, hermanadas por el idioma y una historia comun de tantos siglos, tengan que estar en guerra, mientras las grandes potencias se aprovechan de ello para perseguir sus fines geopolíticos y hacer valer sus respectivas razones de estado. En cuanto alguien se de cuenta de lo estúpido de la situación, la única salida cae por su propio peso.

Por otro lado, es un hecho comprobado que en ninguna nación existe una voluntad unánime. Por lo general, los pueblos no apoyan o rechazan en bloque una guerra, sino que dentro de cada país suele haber una parte de la ciudadanía que apoya al gobierno en armas y otra que desea la paz, aunque sea a cualquier precio. Esto resulta tan cierto de la Europa del Este actual como de los Estados Unidos en tiempos de su guerra de secesión. Hay motivos para suponer que en Ucrania el Kremlin cuenta con las simpatías no solo de la población de origen ruso, sino también de una parte considerable de los ucranianos nativos, a los que no les hace gracia la perspectiva de convertirse en refugiados para huir de la guerra o, en el caso más probable, eludir el reclutamiento. Hasta ahora los resistentes a ultranza son los que han predominado marcando la pauta. Pero nada asegura que siga siendo así en el futuro. En un momento cualquiera, el fiel de la balanza podría bascular del otro lado, así, como quien no quiere la cosa.

Ultimamente estamos recibienso noticias bastante extrañas incluso en un contexto de guerra: una mujer asesinada en un golpe de mano que presenta todas las trazas de ser operaciones encubiertas de la CIA, oligarcas que se caen por la ventana del hospital, generales rusos que mueren misteriosamente o se suicidan por la presión a que se ven expuestos. Todos estos hechos podrán ser ciertos o supuestos. Pero indudablemente la acumulación de los mismos apunta a la existencia de un juego de tensiones subterráneas muy similar a ese que en geología suele anticipar un terremoto.

Algo raro se está cociendo a orillas del Dnieper. Vladimir Putin se muestra favorable a una salida negociada. Y sería perfectamente pensable que Celensqui, en fin de cuentas un superviviente, un individuo tan surrealista y friqui como el personaje que interpreta en su serie «El servidor del pueblo», nos tenga reservada la mayor sorpresa de nuestra generación. Tratándose de un conflicto tan fuera de lo comun, con unos contendientes poco discernibles conforme a esquemas occidentales, deberíamos estar preparados para la aparición de esta alianza rusoucraniana. La cuestión, entonces, no sería explicar cómo sucedió, sino la postura que han de adoptar las potencias occidentales.

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