¿Cuál es la Historia?

Economía y Geopolítica en el siglo 21

El régimen del 78 se desmorona

Régimen del 78

Un dato revelador: en lo que va de 2022, el salario promedio español ha disminuído un 13% en términos reales. Causas de esta contracción son las que todos sabemos, inflación, pérdidas de las pequeñas y medianas empresas por los ajustes post-covid, cierre de negocios, guerra de Ucrania. El impacto de la campaña de la Renta -que obliga a pagar la deuda tributaria de un año no tan malo como fue el anterior con los menguantes recursos de liquidez del presente, al que podemos llamar catastrófico- agrava la situación en millones de hogares españoles. Si la precariedad y la inflación hubieran llegado para convertirse en fenómenos progresivos y estructurales, la consecuencia es fácilmente predecible: ha llegado el final del régimen instaurado por los Pactos de la Moncloa de 1977 y la Constitución de 1978. Y probablemente también el largo ciclo de apertura y expansión de la economía española que comenzó con el Plan de Estabilización franquista del año 1959.

Si hay algo que duele a las clases políticas y dirigentes de este país, es el saber que pese a la democracia y a los planteamientos progresistas dominantes, no han podido evitar una progresiva pérdida de peso de España en el mundo desde el final de la dictadura de Franco. De ser la décima potencia industrial del mundo, alguien a quien ocasionalmente se escuchaba en París, Washington y los foros internacionales, este país ha pasado a estar considerado exclusivamente como un destino de sol y playa, pedigüeño de ayudas en Bruselas y simple peón en el tablero geopolítico de la Casa Blanca. Una nación de funcionarios, camareros y vigilantes jurados, con un paro estructural de 15%, nulas capacidades de defensa e influencia, a la que ya ni siquiera respetan sus vecinos pobres del otro lado del Estrecho.

Este declive, evidente desde hace décadas en todas las estadísticas elaboradas por el INE, el Banco de España y los departamentos de estudios de las principales entidades financieras, no tenía mucha importancia porque la opinión pública se encontraba anestesiada por un cierto nivel de bienestar, como resultado de la difusión de la cultura del consumo de masas: televisores en color, automóviles, buenas carreteras, servicios públicos de calidad, supermercados, ordenadores personales, enseñanza masificada, restaurantes, ocio nocturno y otros pequeños placeres de la vida cotidiana. Todo ello con cargo a los déficits presupuestarios y la deuda pública.

Ahora lo que peligra es precisamente esta tabla de salvación del sistema: el bienestar material de las masas (o mejor dicho la ilusión del mismo). Es lo único que nos queda de cuatro décadas de gobierno del Estado de Partidos y del régimen del 78. Si desaparecen incluso los modestos medios con los cuales el populacho se las venía arreglando para sostener su banal modo de vida basado en la fiesta y el el jijí-jajá, inevitablemente se harán patentes todos los pasivos de la gestión política acumulados a lo largo de 40 años: precariedad financiera, baja productividad, un sistema educativo que solo produce analfabetos funcionales y nulo peso de la nación española en la esfera internacional.

Esto es algo que podría suceder en los próximos años. Conociendo el carácter del país, no es extraño que a nadie le preocupe lo más mínimo. Pero estoy seguro de que en las altas esferas de los poderes fácticos -Corona, consejos del Ibex-35 y cierto sector de la élite funcionarial española- ya hay más de una cabeza pensante sopesando alternativas. Por razones de pura necesidad histórica. Pensar que una adolescente fotogénica y bien peinada puede llevar las riendas del Estado por medio d eun despreocupado «business as usual», sin dar a todo esto un vuelco tan amplio y espectacular como el que propició su abuelo en la última etapa de un régimen político decadente, hace ya casi medio siglo, es no estar en la realidad.

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