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¿Es Feijóo un candidato provisional?

Feijóo

Falta poco más de un año para el final de la legislatura -suponiendo que las circunstancias no obliguen a un adelanto de las elecciones generales- y al recién estrenado candidato de la Oposición no se le termina de ver un nervio no ya de ganador, sino de simple participante en el juego. Sus dos primeras intervenciones públicas de algún relieve han pasado sin pena ni gloria. En la primera de ellas, Feijóo comparecía en ese cementerio de elefantes al que llaman Parlamento Europeo para presentarse como líder de los populares españoles (¡figúrate!). En la segunda, que tuvo lugar hace pocos días en el Senado, se le ocurrió la idea de tender una mano al presidente del Gobierno para que Sánchez escupiese sobre ella según su inclinación y su estilo totalmente desprovisto de formas. Nada de esto contribuye a forjar la imagen de un dirigente destinado a pilotar los históricos destinos de Hispania.

Alberto Núñez Feijóo ni siquiera es diputado del Congreso, lo cual supone un engorroso hándicap. No es que esto sea un obstáculo insoslayable. Sánchez tampoco lo era en el momento de presentar su moción de censura. Pero basta con que un miembro de la Cámara renuncie a su escaño para reparar esta carencia. Feijóo podría hacer lo mismo, pero ya tarda. No sentarse en el hemiciclo significa que las réplicas a Sánchez tendrán que ser dadas a través de voceros de segunda fila del Partido Popular. Y eso restará credibilidad a su mensaje y fuerza a su imagen como posible alternativa en el Ejecutivo.

Aparte de lo anterior, ¿qué es lo que quiere Feijóo? ¿Cuáles son sus propuestas de futuro, su idea acerca del futuro de la Nación y su modelo de Estado? Nadie lo sabe. ¿Se diferencian en algo de las de Sánchez? Porque si el propósito de Alberto Núñez Feijóo consiste en continuar en la misma línea que Sánchez -gasto público desbocado, subir impuestos, IVA, IRPF, Autónomos, seguir con el despilfarro de los coches oficiales y los asesores, legar a la próxima generación el caos burocrático de este Estado de las Autonomías, las listas cerradas y la confusión de poderes-, entonces no hacía falta ninguna echar a Casado de su despacho de Génova 13.

La cúpula del PP toma por idiotas a sus bases. No hace mucho se decía que el caso de la madrileña Ayuso no era extrapolable al conjunto del Estado. Pero ahora resulta que el caso del gallego Feijóo sí es extrapolable a la arena política nacional. Estas son pequeñas contradicciones de chiste, que se podrían disculpar si no fuera por el defecto más grave del candidato: la imagen de debilidad que transmite. Ahora mismo Feijóo debería estar poniendo en su sitio a Sánchez. Pero en lugar de eso se limita a proponer «pactos de estado» y tender manos para que el gobierno y sus aliados sigan escupiendo sobre ellas.

Tanta tibieza, tanto perfil bajo y tanta delicadeza de maneras resultan incomprensibles, a no ser que se parta de la suposición de que Feijóo no es más que un candidato de transición, que se limita a ocupar una butaca a la espera de que alguien mejor preparado se haga con las riendas del poder. Y verdaderamente este papel le cuadraría más que el de un cabeza de campaña electoral. Porque si algo quedó claro, después de las conmociones internas del pasado mes de febrero en Génova, es que la autoridad de Feijóo no descansa en su prestigio como barón autonómico con raigambre gallega. En el PP solo hacen lo que Feijóo dice porque Feijóo es el único que puede mantener dentro de su jaula a ese monstruo que ha despertado en Madrid.

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