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19-J: Voto fantasma y cambio social en Andalucía

Espadas

En mi opinión, que es la de un simple particular interesado en cuestiones de estrategia y dinámica de sistemas, Juan Espadas (PSOE) es el candidato más interesante de todos los que se presentan a las próximas elecciones autonómicas de 19-J en Andalucía. Los medios dedican excesiva atención a Moreno Bonilla y a su dilema voxista o a las provocaciones de Macarena Olona. Sin embargo, y con independencia de preferencias ideológicas, es el líder socialista y antiguo alcalde de Sevilla quien hace la apuesta más arriesgada, y también el que con la intención de ganarla está desplegando una estrategia tan ambiciosa como intensiva en esfuerzo humano: nada menos que movilizar al máximo toda la maquinaria electoral del PSOE en Andalucía, desde la ejecutiva regional hasta el último militante de base.

Esto parece algo tan banal que ni siquiera valdría la pena mencionarlo. El que quiere votos, tiene que trabajárselos. La diferencia reside en que hasta ahora el socialismo, como fuerza institucional y abrumadoramente mayoritaria en Andalucía, no se había visto en la necesidad de movilizar a sus bases en una medida comparable a la que Espadas tiene previsto hacer. Antes las victorias se lograban sin aparente esfuerzo porque el PSOE estaba institucionalizado y no había otras alternativas. Ahora, sin embargo, hacer política en Andalucía es harina de otro costal.

Los presupuestos de esta estrategia planeada por Juan Espadas se basan en la enigmática cuestión de los «votos fantasma». Es decir, aquella parte del electorado socialista andaluz que en 2018 se abstuvo, propiciando la primera victoria electoral del Moreno Bonilla. Pero resulta que esos votantes descontentos -alrededor de 300 o 400.000- volvieron a comparecer ante las urnas en las dos elecciones generales del 2019. Lo cual significa que en realidad no se fueron y siguen estando ahí. Ahora la idea es convencerlos para echen un cable el 19-M.

Muy bien pensado por parte de Espadas. Pero este planteamiento tiene limitaciones que inevitablemente lo condenan al fracaso. En primer lugar, resulta imposible decir si ese «voto fantasma», que se mete en tierra y vuelve a brotar como el Guadiana, representa la fidelidad a unas siglas (PSOE) o más bien el apoyo a quien detenta el poder (Moncloa). Tampoco se sabe si se trata de un voto decepcionado (EREs, mariscadas, excesos del Susanato, etc.) o de un voto útil (al fin y al cabo, Moreno no es tan malo como lo pintaban). El esquema lineal que pretende atraer a esos 300.000 votos durmientes al colegio electoral agitando banderines y abrazando a señoras mayores en la casa del pueblo, podría resultar tan ingenuo como la pretensión de Juan Espadas de quitarse de encima el lastre que para él supone el desprestigio del gobierno Sánchez.

Por otra parte, el entorno social ya no es el mismo que cuando el PSOE gobernaba en mayoría absoluta, como si Andalucía fuese su cortijo. La sociedad andaluza ha cambiado mucho durante las últimas décadas. Como resultado de la evolución económica general, se ha vuelto más individualista y sofisticada. En ello han influido las nuevas tecnologías, el turismo y los medios de comunicación. Las masas andaluzas ya no se consideran obligadas a mostrar fidelidad a siglas ni a facciones. Lo que demandan son soluciones a su problemas. Espadas, como candidato moderado, debería haber tenido esto en cuenta. Una estrategia basada menos en mítines, carteles y globitos, y más en un diálogo honesto con la sociedad andaluza, le habría sido sin lugar a dudas de mayor utilidad.

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