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La concesión de la Orden de Carlos III a pablo Iglesias suscita las iras del populacho

Pablo Iglesias

Llevo años sosteniendo la teoría de que Pablo Iglesias no es quien la gente cree que es. Todos le tienen por un agente provocador, un revolucionario, un contestatario, un gurú, un líder político rupturista y peligroso para el sistema. Pero en realidad no es más que un fontanero al servicio del Estado de Partidos, como cualquiera otro de los miembros de la casta. La última resolución oficial, por la que se otorga al antiguo líder podemita la Gran Cruz de la Orden de carlos III, no hace sino confirmar de un modo estentóreo mi particular visión del fenómeno Iglesias. Porque esa condecoración, según se desprende de unos estatutos que cualquier puede consultar en la Wikipedia, se concede a aquellas personas que se hayan distinguido de un modo especial por algún tipo de servicio valioso prestado a la Corona y al Gobierno de la Nación. Su Gran Maestre es nada menos que S.M. Felipe VI de Borbón y Grecia, monarca constitucional de España y Jefe del Estado. No estamos hablando de una cruz al mérito civil o de cualquiera de esas distinciones que van a parar a las ONGs de medio pelo, sino de un título honorífico que lleva el marchamo de uno de los reyes del Despotismo Ilustrado que más se distinguió -aunque no con muy buenos resultados, dicho sea de paso- en pro del fortalecimiento del Estado y sus instituciones en este país.

En el caso de Pablo Iglesias, no hace falta cavilar mucho para darse cuenta de cuáles pueden haber sido esos «servicios». Iglesias, a través de ese experimento de ingeniería social que todavía llaman Podemos, ayudo a canalizar el movimiento de los indignados del 15-M evitando que la ira del populacho desestabilizara a la sociedad española. Tras la moción de censura de mayo de 2018, y pese a sus reticencias personales, Iglesias habría de rendir aun otra valiosa prestación personal apoyando al gobierno raquítico y sostenido con alfileres de Pedro Sánchez. Hasta que finalmente, de puro desgaste personal, este intrépido, lenguaraz y folklorizado «Coletas», uno de los personajes más atípicos de toda la historia del parlamentarismo español, no pudo ya más y tiró la toalla aprovechando como pretexto las elecciones del 4-M en Madrid.

El reconocimiento oficial de Iglesias como hombre valioso para el Estado pone bajo una nueva luz todos esos inexplicables fenómenos que han acompañado la vida pública del líder podemita, y que los medios, por alguna misteriosa razón, siempre se han negado a explotar con fines sensacionalistas: sus conexiones financieras con Venezuela e Irán, su chalet de Galapagar, el respeto con el que él y Aitor Esteban se miraban el uno al otro durante sus intervenciones en el Congreso y un ascenso vertiginoso en el que las conexiones con los poderes fácticos debieron pesar más que el apoyo de una formación como la morada, heterogénea, políticamente incompetente, trufada de rencillas internas y siempre al borde de la escisión. Todo aquello no era algo fácil de hacer. En todo momento dio la impresión de que alguien con influencia y poder le estuviera cubriendo las espaldas.

Así como en el balance de una empresa hay un activo y un pasivo, todas las decisiones oficiales tienen su haber, pero también su debe. ¿Le sale a cuenta a Pablo Iglesias recibir una condecoración tan prestigiosa y rancia, sin haber sopesado los posibles perjuicios para su imagen pública, en una época como esta de restricciones de movilidad, crisis económica y padecimientos de la ciudadanía? Si Pablo Iglesias ha decidido ignorar estos inconvenientes, ello puede deberse tan solo a dos causas: a la falta de inteligencia -lo último que le podríamos suponer a un personaje como Iglesias, pese a sus frecuentes extravagancias- o a la vanidad fuera de lo comun de un individuo que a nivel exclusivamente particular ya ha conseguido todo lo que quería y no aspira a nada más. En ausencia de otras explicaciones, va a ser lo segundo.

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