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El momento Ayuso no ha llegado… todavía

Ayuso

Isabel Díaz Ayuso es uno de los fenómenos más singulares de la política española de los últimos tiempos. Al lado del prototipo de dirigente aparatero del Estado de Partidos, fabricado en serie para integrarse sin rozaduras en el sistema, y que invierte todo su esfuerzo en la construcción de un liderazgo de diseño mediante el yolandeo y las intrigas de despacho, Ayuso destaca por su modo personal y directo de actuar. Hechos que no palabras, análisis realistas de la situación, un prodigioso talento como estratega electoral, política de riesgos calculados y una cuenta de Twitter que parece puesta ahí no como extensión del pasquín electoral ni para hacerse dorar la píldora por un community manager que filtra el tráfico, sino para curtirse con los insultos de los haters -muchos de ellos de su propio partido-: todo ello forma parte de su particular estilo de hacer las cosas.

Este marcar la diferencia con aplomo y sin prejuicios han hecho que mucha gente comience a ver en Ayuso el reemplazo de un Casado mediocre y excesivamente contemporizador con Sánchez, al cual aspira a suceder en la última fase de este bipartidismo decadente y zarandeado por el populismo en que se ha convertido la democracia española desde que comenzó su proceso de descomposición en 2008. Está claro que por sus cualidades y sus méritos personales, Isabel Díaz Ayuso podría hacerlo sin ningún problema. Llegada la hora y dadas las condiciones, ¿quién se lo podría impedir? ¿las intrigas de Casado? ¿el gesto ceñudo de los barones? ¿los covachuelistas de Génova? La experiencia histórica demuestra que cuando el caballo ganador comienza a sacar cabeza, la chusma cambia de opinión. Hasta los haters de Twitter dejan de graznar para convertirse en admiradores incondicionales.

De modo que, ¿por qué no? ¿Por qué IDA, como la llaman ahora sus críticos, no puede ser la primera mujer Presidente del Gobierno en la historia de España? Aun no ha llegado el momento. Ayuso es demasiado joven. Su carrera política acaba de empezar. Y aunque ha protagonizado unos triunfos impresionantes, todo buen político profesional conoce el riesgo de dar saltos adelante sin disponer de una base sólida. En estos momentos, tal y como está España, no se puede decir que se den las condiciones necesarias para un cambio como el que traería consigo el desembarco de Ayuso a la Moncloa. Pero algún día se darán. De eso a nadie le quepa duda. Aunque solo sea porque el previsible fracaso de Pedro Sánchez no dejará otra opción.

La razón más importante por la que Ayuso no va a dar el gran salto de manera precipitada, es porque no lo necesita. ¿Para qué quiere el poder si, de hecho, ahora mismo es ella quien controla el país? El año pasado, a raíz de su enfrentamiento con Sánchez y el Ministro de Sanidad Salvador Illa, predije que quien ganase la batalla de Madrid, ganaría también España. Este pronóstico se está viendo cumplido tras la arrolladora victoria electoral del 4M.

Ahora mismo un Madrid presidido por Isabel Díaz Ayuso es la pieza clave de todo el sistema. No solo concentra nuestra red radial de comunicaciones y transportes. Con su balanza fiscal positiva, Madrid proporciona los recursos que mantienen a flote a todas las autonomías deficitarias -sin importar los partidos que las gobiernan, incluyendo a nuestra autonomía vasca, con su sistema de Conciertos y autorresponsabilidad fiscal que ahora se encuentra gravemente comprometido por la crisis del Coronavirus-. En las presentes circunstancias, ni el Presidente del Gobierno ni Pablo Casado pueden prescindir de Ayuso, por más que les gustaría.

Gracias a su política económica liberal, Madrid se está convirtiendo en un foco de atracción irresistible para inversores institucionales, empresas y servicios diplomáticos de todo el mundo. Pese a todas las simpatías de sus cada vez más numerosos acólitos y los ruegos de dar un paso al frente, es de suponer que su joven presidenta no está dispuesta a abandonar esta baza de poder para jugárselo todo a la carta monclovita. Hacerlo sería insensato. En su momento dará la orden de ataque. Pero por ahora se quedará donde está, acumulando fuerzas y perfeccionado su estrategia durante los próximos años.

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