¿Cuál es la Historia en Bilbao?

Reinvención de una ciudad en declive

Las vacunas reemplazan a la política como tema inapropiado de conversación

Reunión familiar

En un artículo de opinión publicado en el digital Crónica Vasca, la periodista Begoña Beristain refiere un suceso que se está volviendo habitual en las reuniones de cuadrilla. He aquí la escena: doce personas quedan para cenar, después de dos años de pausa forzada por las causas que ya sabemos. Se las prometen felices y a salvo del patógeno, porque todas ellas están vacunadas. ¿Todas, he dicho? No. Resulta que una de ellas reconoce abiertamente no haberse inmunizado, por los motivos que sea. Y a partir de ahí la quedada se chafa por completo. La autora se posiciona a favor de las tesis oficiales en materia de inmunización artificial. El resto de su artículo no es más que una exposición de lo mal que está el país y de lo irresponsables que son algunos. Lo de siempre. Beristain llega al extremo de afirmar, y cito literalmente, que dado «que quienes han decidido no vacunarse han dado sobradas muestras de insolidaridad hacia el resto de la humanidad, quienes sí lo hemos hecho no debemos mostrar el mínimo reparo es preguntarles directamente por su situación».

Sobra decir que la autora del artículo no logra convencer a nadie con una postura tan radical. Y puede que tampoco haya tenido demasiado éxito en el propósito de persuadirse a sí misma. Para empezar, porque tal solución es impracticable. ¿Cómo le vas a preguntar a la gente, sin más ni más, si está vacunada o no. Sería tan poco de recibo como preguntarles: «¿Es usted de esos impresentables que votan a EH-Bildu, a Vox o [poner aquí el partido que menos te guste]. Y en segundo lugar, porque las implicaciones contradictorias de lo que escribe son tan pegajosas que terminan atrapando a cualquier policía de balcón: si estás vacunado, deberías considerarte a salvo de quien no lo está, aunque se siente a tu lado en una cena de cuadrilla. Y si no crees que las vacunas son efectivas, entonces, ¿por qué te vacunaste?

Podemos reirnos de la ingenuidad de Begoña Beristain. Pero ella no es más que una víctima más de la situación, igual que el resto de nosotros. Vivimos dentro de una gigantesca distorsión mental colectiva amplificada por la incompetencia y la estupidez de quienes gestionan la pandemia del Covid-19. De entrada denota muy poca clase, e incluso cierto grado de inmadurez típica de adolescentes, el haber convertido el sector del ocio nocturno y la restauración en un imaginario campo de batalla en el que se intenta escenificar una defensa de derechos cívicos que, en el fondo, no es más que puro moralismo pequeñoburgués vasco. Si realmente te preocupa la salud, ¡no vayas a bares, ni a restaurantes, ni a reuniones navideñas de ningún tipo! Por otro año que dejes de hacerlo, no va a pasar nada. Y además, te habrás ahorrado un buen dinero y puede que más de un roce personal con la parentela.

Si piensas que entre los doce apóstoles puede haber uno con una bolsa de monedas de plata, entonces NO TE FIES DE NADIE. Pero no vengas con moralismos de catequesis. Y sobre todo, no caigas en el mal gusto de sacar temas de conversación que están prohibidos. Hablar del Covid-19, de las vacunas y del pasaporte sanitario resulta algo tan grosero y perturbador de las relaciones dentro del grupo primario como discutir sobre el estercolero político vasco. Muchos grupos de amigos y no pocas familias se escindieron por culpa de eso, en los años 70 y 80, hasta que el sentido comun resolvió por acuerdo tácito prohibir todo tema de conversación que tuviese que ver con ETA, los presos, el caso Azpiegitura y demás. ¿Estamos condenados a repetir el mismo proceso con Pfizer, Moderna y Janssen? ¡Por favor, un poco de seriedad y saber estar auténticamente vascos!

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