¿Cuál es la Historia en Bilbao?

Reinvención de una ciudad en declive

La empresa perfecta

Mujer ecuatoriana

Mi amigo Mauricio es un empresario del PNV con una larga trayectoria profesional en el resbaladizo y opaco ámbito de los conseguidores, en cristiano: intermediarios sagaces y bien conectados que actúan en esa tierra de nadie donde confluyen el interés económico, la ambición de los partidos políticos y la necesidad de implementar servicios públicos a gran escala que satisfagan las demandas de una ciudadanía que vive, va al fútbol y, por supuesto, vota. Sin los conseguidores, da igual que sean del PNV o de cualquier otro partido, no sería posible la política moderna. Ayer fui a hacerle una visita a su despacho, sito en Gran Vía 85, muy cerca de las dependencias administrativas del Gobierno Vasco -de donde brota el maná que les da de comer a él y a todos los de su gremio-. Al entrar me lo encuentro terminando un briefing profesional con una señora pequeñita, robusta y elegantemente vestida, como de unos cincuenta años, que en ese momento estaba cerrando su cartera de ejecutiva y se disponía a marcharse.

«Oye, Mauricio», digo una vez que ella ha salido, «Pero esta, ¿no era…»

«En efecto», responde mi amigo, dándole una chupada a su purito de vainilla ( su último recurso para desengancharse del tabaco, según dice), «Doña Ingrid, la mujer de la limpieza. Acabo de ficharla como ejecutiva de primera.»

Haciendo tanto honor a mi interés por escuchar buenas historias como al suyo por contarlas, Mauricio me expone los motivos de su decisión. Doña Ingrid es una inmigrante ecuatoriana que hace un par de meses se ganaba la vida limpiando oficinas. De un tiempo a esta parte había llamado la atención de mi amigo por sus extraordinarias habilidades sociales.

«Sobre todo», explica Mauricio, «por su capacidad para jorobar al empleado de cuello blanco. Como limpiadora es una nulidad, pero en cuanto logra que le den una oficina, ya no hay modo de quitársela. En este edificio debía tener unas cuarenta. Iba a quitar el polvo cuando le daba la gana y vivía muy bien de ello. Es una auténtica pelmaza, oye, maestra insuperable en el arte de dar la chapa, y eso viene de perlas en un negocio como este…»

Cuando Mauricio quiere algo en Lakua o Gran Vía 85, no se limita a poner un fax, como hace el resto del sector. Manda a Doña Ingrid para que le apriete las tuercas a los funcionarios. Ya recurría a ella era para estos servicios cuando ella era una simple mujer de la limpieza, después de haberle dado en su despacho un cursillo de choque sobre economía de la empresa y lo básico de la burocracia vasca. Pero ahora que está en plantilla, con cargo ejecutivo, iPhone de última generación y pañuelo Balenciaga al cuello, impresiona mucho más. Según me cuenta mi amigo, Doña Ingrid ya ha provocado algunas bajas por estrés entre los chupatintas del Gobierno Vasco.

«Cuando comienza a hablar, con ese tonillo suave y melódico de la América del Sur, y además en un castellano mucho mejor que los universitarios de aquí, los funcionarios se me ponen de un larri que no veas. Es insistente, incisiva, tenaz, malévola, y sabe aprovecharse del tremendo dominio que ejerce la corrección política sobre la mentalidad de nuestro apreciado congénere, el chorra vasco de clase media. Doña Ingrid sobrevuela a los cobrasueldos de Lakua igual que un halcón sobre los ratones de un basurero. Jamás vuelve a presentarse ante mí sin haber alcanzado su objetivo. Ella sola vale más que todos esos trompos que tengo ahí rellenando formularios para concursos públicos».

De hecho, Mauricio ya no necesita ni mandarla a las dependencias del Gobierno Vasco. Basta decir por teléfono algo asi como: «No te preocupes, le he dicho a Doña Ingrid que se encargue del asunto», para que los funcionarios se ofrezcan solícitos a mover todos los hilos que haga falta -borradores de licitación, permisos administrativos, datos confidenciales de la Consejería o lo que sea-. Por mensajero urgente y a portes pagados.

«Su hermana es igual que ella.», añade Mauricio, frotándose las manos, «Le estoy arreglando los papeles para traerla de Quito. Necesito que alguien me eche una mano en los asuntos con Hacienda Foral de Bizkaia.»

De camino al restaurante, Mauricio me explica su visión acerca de la coyuntura actual, marcada por la crisis del Covid-19, el pesimismo y el temor al cambio. ¿Innovación, búsqueda de nuevos mercados, Sostenibilidad, neokeynesianismo? Todo eso no son más que filfas.

«Serviría de algo si fuéramos italianos o israelís, capaces de criar espárragos en el desierto y venderlos en Groenlandia. Por desgracia el material humano de que disponemos, fabricado en serie en las universidades vascas y terminado de echar a perder en nuestras incubadoras de «talento», no sirve para nada. La mayor parte de estos jóvenes ejecutivos, con sus másters, sus cursillos de Nóminas y sus clases de PowerPoint, ni siquiera son capaces de encontrar una estación de metro en la Plaza Moyúa de Bilbao.»

«No podemos permitirnos seguir abundando en las chorradas de siempre.», perora inspiradamente mi amigo Mauricio, «Lo que se necesita no es un enfoque en extensión sino en profundidad. La empresa perfecta, capaz de sobrevivir a la crisis que se avecina, precisa ante todo tres cosas: en primer lugar un contable imaginativo, que trabaje para el empresario y no para Hacienda Foral. Yo tengo uno, capaz de exprimir la legislación financiera al máximo. ¡Deberías verle trabajar! Es un crack: su método consiste en hacer todo lo contrario de lo que sus profesores le enseñaron en la facultad. Adelanta pagos y retrasa cobros, disminuyendo asi el saldo de las cuentas y haciendo creer a Hacienda que sufrimos una falta de liquidez crónica.»

«Otro elemento clave», intervengo, «es Doña Ingrid, supongo».

«En efecto, especialista en dar el coñazo. He aquí una profesión realmente innovadora y con grandes posibilidades de futuro.», concluye. «Pero lo más importante no lo he podido encontrar todavía, y mira que lo he intentado: un gerente profesional para mi empresa.»

«¿Cuál es el perfil?»

Mauricio se toma algo de tiempo antes de contestar:

«El curriculum da lo mismo. Pero hay algo muy importante: tiene que ser un hijoputa, pletórico de energía, mezquindad y mala leche. Solo un cabronazo puede mantener una empresa a flote en los tiempos que corren. Sin embargo llevo meses removiendo Roma con Santiago y no consigo dar con uno que no esté ya colocado. Y de estos, tampoco creas que muchos llegan a dar la talla. Ya no hay hijoputas como los de antes. Las cosas no son lo que eran. Cuando yo entré en este negocio…»

«¿Por qué no buscas entre tus viejos camaradas de la U.T.A.P.?», interrumpo, en el intento de evitar que Mauricio se precipite en una de sus irritantes divagaciones proustianas en pos del dorado pretérito que se nos fue. «Por lo que tengo oído, a algunos no les va bien en la empresa pública. Estarían encantados de aceptar el puesto.»

Mauricio propina su última chupada al puro antes de tirarlo en un carrito de Bilbao-Garbi que pasa junto a nosotros.

«Ya probé y es inútil. La mayor parte de ellos están jubilados y no quieren saber nada, ni de negocios ni del partido. El resto se fue hace años a vivir a sitios como Torrevieja y Jávea, huyendo de las amenazas de ETA».

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