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La crisis de los chips

Infineon

Los microcesadores y componentes electrónicos lógicos, fabricados en masa y por lo tanto baratos, suponen una parte muy pequeña en el total del valor de la producción indistrial. Pese a ello, durante los últimos meses se han convertido en un cuello de botella para toda la economía mundial. Por los medios conocemos el impacto que ha tenido este desfase de stocks en los aprovisionamientos de chips, motivado por las perturbaciones económicas del Covid-19, en el sector del automóvil, y entendemos claramente la razón: no hay vehículo moderno que no lleve su ordenador de a bordo, sus controladores para el sistema de inyección electrónica, su reproductor de CDs y música MP3 o su plataforma de video y entretenimiento para mantener tranquilos a los niños durante el trayecto. La escasez de chips ha provocado retrasos en el montaje y la entrega de millones de vehículos, causando incontables perjuicios a los fabricantes del automóvil. Hasta el punto de que algunos de ellos han llegado a plantearse reemplazar los paneles digitales por velocímetros y contadores de revoluciones analógicos, como eran lo más habitual en los coches de los años 80.

Pero la cosa no se queda ahí. Aunque usted no trabaje en una planta automovilística o tenga un automóvil de segunda mano, la crisis de los chips no le va a pasar de largo así como así. Para entender el alcance de la situación, no tiene más que poner su billetera encima de la mesa y sacar todas las tarjetas que lleva dentro: DNI, carnet de conducir, crédito y débito, seguro médico, gasolina, fidelización de cliente. Si no le salen media docena, sus hijos le llamarán carroza o cosas peores. Pues bien, cada una de esas tarjetas lleva su propio chip inteligente. Aunque no se de cuenta, usted depende de estos diminutos componentes electrónicos para llevar a cabo la infinidad de operaciones de pago, gestiones con la administración, viajes en metro y autobús, etc. que marcan el ritmo de la vida moderna. Multiplique lo que hay en el bolsillo por los miles de millones de personas que viven en el mundo industrializado y se hará una idea de por qué esta sequía de chips afecta no solo a los concesionarios automovilísticos sino al funcionamiento de la economía mundial.

Añada todos aquellos ámbitos de aplicación de este tipo de componentes electrónicos que han dejado de constituir un lujo para convertirse en algo irreemplazable: instrumental médico moderno, máquinas herramienta, teléfonos móviles, ordenadores, relojes, cámaras digitales, aviones, ekectrodomésticos, calculadoras electrónicas, televisores, etcétera, etcétera. La crisis de los chips no durará siempre. Hasta es posible que, gracias al aumento de producción y a las inversiones realizadas en nuevas plantas por los principales fabricantes (Intel, TSMC, Qualcomm, Infineon, Globalfoundries), termine antes que el Coronavirus. Pero durante el tiempo que esté ahí, sus efectos se harán sentir no solamente sobre la economía, sino en todas las esferas de la vida moderna.

La normalidad llegará cuando hayan desaparecido los cuellos de botella en el suministro y todo el mundo pueda conseguir su remesa de microprocesadores. El precio no importa tanto porque como ya se ha dicho, se trata de componentes de bajo coste gracias a su fabricación en masa. Los efectos negativos en los balances de las empresas no vienen de tener que pagarlos a precios abusivos, sino por los enormes costes que supone el parar, proyectos, líneas de montaje e incluso fábricas enteras solo porque no se dispone de una pieza imprescindible.

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