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Por qué Bilbao necesita un Museo del Ferrocarril

Metropolitan A

Con motivo de la próxima conferencia de la Sociedad El Sitio sobre «Importancia y Necesidad de un Museo del Ferrocarril en Bilbao» del 10 de junio de 2021 en el Hotel Indautxu de Bilbao, algunas personas me preguntan cuál es concretamente esa necesidad. ¿No dispone Bilbao ya de un Museo de Bellas Artes, de un Guggenheim, un museo etnográfico y un museo arqueológico (precisamente instalado en las antiguas dependencias de una estación de tren)? En primer lugar, urge disponer de un espacio para la conservación de piezas de incalculable valor pertenecientes al patrimonio arqueológico industrial de la Villa, como locomotoras antiguas, vagones, elementos de señalización, uniformes ferroviarios, carteles, etc. Todos esos elementos se perderán si continúan dispersos en almacenes, fincas particulares o expuestos a la intemperie, como en el caso de la legendaria locomotora Izarra, una máquina del tipo Metropolitan del año 1861 del mismo tipo que las construidas para el primer Metro de Londres.

Los museos ferroviarios atraen mucho turismo, sobre todo cuando se hallan integrados en una ciudad con una infraestructura hotelera y de servicios. Para llegar hasta ellos no hace falta transporte especial. Se puede ir dando un paseo. O incluso llegar directamente en un tren de época, como es el caso de algunas estaciones-museo en Alemania o el Reino Unido. Pensemos en el tirón que supone para la economía local: hoteles, empresas de receptivo, gastronomía, puestos de trabajo para guías profesionales, pequeño comercio, etc. Se trata de un beneficio neto para la colectividad que comenzaría a hacerse efectivo de manera inmediata, ya que, en comparación con las grandes pinacotecas y los edificios diseñados por arquitectos estrella, el coste de un museo ferroviario es irrisorio. En el caso de Bilbao, incluso, las instalaciones ya existen.

Después del Coronavirus, Bilbao se encuentra en una situación bastante mala, de cuya gravedad no somos conscientes porque aun no hemos tenido ocasión de darnos cuenta de lo mucho que se ha perdido: miles de bares y restaurantes, todo el turismo receptivo, gran parte de la capacidad de una infraestructura hotelera sobredimensionada durante los últimos años y todo el tráfico de cruceros. De la riada de visitantes que afluía al Guggenheim y el sector de Eventos y Congresos, ni te cuento. Miles de puestos de trabajo y millones de euros volatilizados para no volver jamás.

¿Qué va a pasar en el futuro? ¿Será posible reconstruir toda esa prosperidad, de la misma forma en que la conocíamos? Ni lo sueñen. Habrá que pensar en algo diferente. Hasta no hace mucho, Bilbao se esforzaba, con cierto postureo snob y una torpeza muy proviniciana, es preciso admitirlo, por posicionarse como referente mundial de una cultura global y cosmopolita -arte abstracto y arquitectura posmoderna- que ya no da más de sí. El trauma colectivo del Covid-19 nos ha vuelto conscientes de las limitaciones, la superficialidad y lo ilusorio de la vida moderna. En períodos de crisis, el retorno a las raíces es parte inevitable de cualquier terapia de grupo. Al Bilbao que conocemos lo hicieron las máquinas de vapor, los barcos y las minas. Si hay una parte que interesa recuperar para mostrar al visitante, y para la comprensión de nosotros mismos, es precisamente esa.

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