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Epica y Decadencia de los Mercados Financieros

Urkullu al final de su carrera política

Urkullu

El PNV, como todos los partidos de gobierno que llevan algún tiempo instalados en el poder, se regula a base de un complejo sistema de consensos, equilibrios, pactos y efectos positivos de imagen en la opinión pública. Cualquier perturbación en este workflow, por causas endógenas -luchas de facciones, irrupción de personalidades enérgicas- o exógenas -catástrofes como la del vertedero de Zaldibar o pandemias como el Covid-19-, produce un escenario de crisis que, pese al principio fundamental de separación entre Partido y Gobierno, termina repercutiendo ampliamente en el cuerpo social vasco. En el momento actual nos encontramos en una de esas situaciones. Los problemas de fondo son anteriores al Coronavirus. Para empezar, está el declive del tejido industrial vasco: desde el año 2000, el crecimiento de la economía vasca ha sido apenas superior al 1% anual. Incluso teniendo en cuenta el impacto de la crisis mundial del año 2008 y la recesión posterior, semejante ritmo de desarrollo económico no basta ni para crear empleo neto. A cualquier gobernante estatal o regional de Europa se le caería la cara de vergüenza ante un desempeño tan paupérrimo.

Antes de que el curso de su gobierno se torciese por culpa de lo de Zaldibar y el Covid-19, Urkullu tenía la mejor reputación de todos los presidentes autonómicos del Estado. De un año a esta parte, sin embargo, ese capital político se ha visto reducido a la nada por una sucesión de errores que en ningún momento se vieron compensados por triunfos de ningún tipo, por modestos que fuesen. En primer lugar, la desastrosa gestión de la pandemia -que no era más que reflejo de la que estaba llevando a cabo el presidente Sánchez a escala nacional-. Después el pésimo efecto creado por las elecciones de julio de 2020, con la desilusión que supuso el endurecimiento de las medidas de restricción, percibido por gran parte de la ciudadanía como una estafa. El resto no ha sido más que pequeños desastres en cadena: el cese de Nekane Murga por una combinación de incompetencia profesional y agotamiento físico, restricciones de movilidad, toque de queda, cierre de bares, el escándalo de las vacunaciones de altos cargos y, finalmente, la sentencia de los jueces obligando a abrir nuevamente los establecimientos de hostelería en febrero de 2021.

Ante semejante panorama, ¿qué opciones le quedan al Lehendakari? Si aun conservara una posición política fuerte, podría dar un paso el frente y ordenar que se llevasen a cabo los preparativos para dejar a la sociedad vasca a punto para una vuelta a la normalidad tras el 9 de mayo. Sin embargo, su tendencia a ser más papista que el papa en la aplicación de las absurdas normativas estatales, le impide transitar esa vía de escape. De hacerlo, quedaría al descubierto tanto la inanidad de su gestión del Covid-19 como su debilidad frente al Gobierno Central. Y esto sí que es anatema para el PNV.

El berrinche del Lehendakari ante la terminación del Estado de Alarma no es fruto de la inmadurez, sino un intento desesperado por ganar tiempo. Un tiempo que es lo único que cuenta, por encima de los intereses del pueblo, de las empresas vascas y de todo el ramo de hostelería de Euskadi. Un tiempo necesario para salvar políticamente a Iñigo Urkullu (al que podemos considerar ya cesado como consecuencia de un debilitamiento irreversible de su posición política), y para que su partido, el PNV, pueda minimizar la carga de trabajo que supone llevar a cabo los ajustes consensuales y de organización interna que permitan enlazar la época actual con la que ha de venir tras el fin del Covid-19 y la salida del actual inquilino de Ajuria Enea.

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