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El Plan de Recuperación de Sánchez – ¿panacea o espejismo?

Sánchez

Desde que comenzó la pandemia del Covid-19, todas las esperanzas de una recuperación económica y una vuelta a la «normalidad» parecen descansar en ese absurdo programa de reparto de ayudas europeas que destinaría al menos un importe de 70.000 millones a fondo perdido -la otra mitad las aporta el gobierno español- para paliar las consecuencias de la crisis. Toda la nación se agarra a este salvavidas, desde el ejecutivo de Pedro Sánchez hasta el último policía de balcón. Partidas necesarias para todo tipo de cometidos: inversión en infraestructura y tecnologías verdes, ayudas sociales, cumplimiento de compromisos con las autonomías y las fuerzas políticas aliadas. En la mente colectiva de la nación, nada parece haber que no se solucione con los millones de Bruselas. La lluvia de dinero salvando a España: tal es el dogma. Que las cosas estén así no solo obedece a una palmaria falta de cultura financiera por parte del pueblo español. También deja al descubierto el principal riesgo para la gobernabilidad e incluso la supervivencia de este Estado de Partidos levantado sobre la Cosntitución de 1978 . ¿Qué pasa si los fondos se retrasan o son cancelados?. De hecho, el bloqueo del Tribunal Constitucional de Alemania y la demora en la ratificación de los acuerdos económicos de Bruselas por algunos de los 27 países miembros que deberán firmarlos, todos ellos y sin excepción, ralentizan desde hace meses los procesos de asignación.

Para empezar, esos 140.000 millones no son reales. No están respaldados por metales preciosos, ni divisas fuertes, ni activos de ningún tipo. Se trata de dinero fiat, creado por decreto de Bruselas. En otras palabras, anotaciones en cuenta. En su sentido físico, tan solo números que un burócrata del Banco Central Europeo teclea ante la pantalla de su ordenador. El mecanismo es simple: el BCE da permiso a los bancos centrales de cada país para descontar una cantidad determinada de bonos emitidos por el gobierno respectivo. El gobierno emite los bonos. Después los lleva al Banco de España. El Banco de España los compra y como contrapartida, abre un depósito a nombre del Estado por el importe nominal de los bonos. Y en este depósito, finalmente, el Estado domicilia sus pagos (nóminas de funcionarios, inversiones en infraestructura, cheques bebé, paguitas de Pablo Iglesias a sus fieles, etc.). Así de simple.

Mientras no haya inflación, el truco funciona a las mil maravillas. Pero a largo plazo las consecuencias para el tejido económico y empresarial de cualquier país son desastrosas: crecimiento incontrolado de la deuda, empresas zombificadas, disminución progresiva de los salarios reales, pérdida de productividad y un retraso de reformas necesarias para responder a los retos del envejecimiento demográfico y la digitalización. Y, peor aun, si en algún momento de los proximos meses la inflación volviese a hacer acto de presencia en el mundo, sería la debacle. Bruselas cancelaría automáticamente todas las políticas monetarias y el castillo de naipes edificado por Pedro Sánchez y sus socios de gobierno se derrumbaría estrepitosamente.

De todo esto Pedro Sánchez no se da cuenta porque no está lo bastante preparado en materias económicas y además se ve apretado por necesidades de supervivencia política. El solo ve las posibilidades inmediatas de un crédito al consumo: que le den los 140.000 millones y después se verá. El líder de la Oposición, pablo Casado, decía hace poco que el Plan de Recuperación del Presidente es como una pizza recalentada ocho veces: un documento de tan solo 200 páginas con desarrollos textuales sacados a toda prisa de la Agenda 2030, incluyendo versiones contradictorias y mil veces modificadas de las propuestas de reforma exigidas por Bruselas en los tres ámbitos principales que constituyen la cotrapartida del plan: Reforma Laboral, Fiscalidad y Pensiones. Y sobre un papel tan delgado Pedro Sánchez pretende, al igual que en su tiempo ZP, devolver la economía española a una Champion League de la sostenibilidad y el bienestar que solo existe en la imaginación de sus votantes.

La lluvia de millones, bajo la égida de un Sánchez magnificente y dispensador de financieros manás, mientras las masas de votantes incultos aplauden, no es más que un reclamo electoral, un ensueño de falsa gloria keynesiana mal entendida, el intento de prolongar un gobierno que, incapaz de conseguir que la economía funcione y la campaña de vacunación pueda llevarse a término según lo previsto, se aferra a la imagen de un saco de dinero virtual. Pero el problema de la economía española no es la falta de dinero, sino que no funciona bien. Y tampoco se toman las medidas encaminadas a hacer posible ese buen funcionamiento. De hecho, si de verdad se tomaran, entonces ni siquiera serían necesarios los 140.000 millones de Bruselas.

Una economía dinámica no precisa de ningún alud de dinero. Lo que necesita es una fiscalidad razonable, menos burocracia y un clima favorable a la actividad empresarial y el emprendimiento. Esto es algo tan evidente que hasta la China Comunista lo entendió, y ese es el verdadero secreto de su éxito en el siglo XXI. Fiar toda la política económica a los estímulos monetaristas es hacer lo mismo que los romanos en la decadencia de su imperio: tomar un sestercio, sacar de él tres monedas con el mismo valor nominal que la originaria y devolverlas a la circulación, así, sin más. El fenómeno, por lo demás, no es novedoso. Como advertencia más próxima tenemos el ejemplo de Japón, donde esta política de tipos de interés cero y expansión monetaria ilimitada lleva practicándose desde el año 1991 sin resultado positivo. Y hablamos de Japón, pueblo modélico en cuanto a civismo y responsabilidad. Con que en España, con su falta de seriedad, su tendencia a la anarquía y la barbarie y los bajos niveles de formación típicos de este país, ni te cuento.

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