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La burbuja del Bitcoin

Burbuja Bitcoin

Que el bitcoin es una burbuja se sabe desde el primer día que comenzó a cotizar en un Exchange de Internet. Basta mirar sus gráficos del 2020 para que no haga falta ningún otro argumento. Esa no era la intención inicial de su creador, el enigmático hacker japones Satoshi Nakamoto. El bitcoin nació de la indignación, de la necesidad de dar una réplica adecuada a las distorsiones y los abusos del sistema financiero que habían llevado a la hecatombe de Lehman Brothers en 2008. Se trataba, sobre todo, de crear un instrumento de cambio electrónico que recuperase, en pleno siglo XXI, dos de las grandes virtudes que tuvieron las grandes y nobles monedas que antaño hacían historia, como el aureus romano de Augusto o el doblón de a ocho español: (i) valor intrínseco y (ii) independencia con respecto de cualquier autoridad central que pueda manipular el valor o imponer derechos de regalía.Y es ahí donde comienzan los problemas.

Descentralizar es un objetivo muy legítimo y moral en los tiempos que corren. Eso nadie lo pone en duda. Mucho menos quien esto escribe, que es fan incondicional del software libre. Sin embargo, Satoshi Nakamoto no se dio cuenta de que, pese a todo lo que vayan predicando por ahí los autoproclamados profetas del bitcoin, del oro y otros baluartes de la reacción monetaria, la era del dinero basado en valores intrínsecos -metales, tierras, trabajo, electricidad o ciclos de cómputo- pasó para siempre y ya no volverá. A partir de ahora, todo el dinero será fiat y estará basado en la deuda. En este sentido, el bitcoin choca de frente contra los intereses de todos aquellos adversarios institucionales cuyo poder está basado en las instancias centrales de autoridad: estados nacionales, bancos centrales, agencias de certificación, iglesias, partidos políticos y un etcétera tan interminable como la larga cola de Chris Anderson.

Con respecto a la conservación del valor, la situación ha tomado un giro paradójico. Por un lado el bitcoin es de naturaleza deflacionaria. Solo se podrán crear un máximo de 21 millones de unidades monetarias. Si se ha de medir contra ellas, toda la corriente de bienes y servicios de la economía irá acomodando sus precios a la baja, con los problemas y tensiones que son de esperar, a nivel fiscal, sindical y de costes empresariales. Al mismo tiempo, se hará visible la pérdida de substancia de los activos financieros (en un siglo el dólar, por ejemplo, ha llegado a perder un 90% de su valor adquisitivo). Por esta razón, el bitcoin es tremendamente impopular en los círculos de las finanzas. No porque sea una burbuja, sino porque permite medir, con un simple vistazo a los gráficos, la magnitud de las burbujas que genera el sistema financiero moderno.

Finalmente, con semejantes fluctuaciones en la cotización -de 4.000 euros en marzo de 2020 a más de 35.000 a comienzos de 2021, para en pocos días caer hasta 26.000-, ¿cómo se espera que una moneda tan volátil pueda servir como medio de intercambio? El bitcoin pasará a la historia por dos contribuciones que nada tienen que ver con su propósito original: haber servido como primera prueba de concepto de la poderosa tecnología blockchain y constituir una manía especulativa tan colosalmente grotesca como la de los tulipanes holandeses de 1634 y la Burbuja de los Mares del Sur en la Inglaterra de 1720.

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