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Cuando el munipa se pone gallo

Hostelería y policía

El otro día pasaba por delante de un bar y tuve ocasión de presenciar una escena muy de Bilbao en los tiempos que corren. Una pareja de la Policía Municipal hacía la ronda y, a través de la cristalera del local, vio a uno de los parroquianos con la mascarilla por debajo de la boca. Uno de los agentes golpeó con los nudillos sobre el vidrio para indicarle que se subiera el bozal. No contento con eso, entró en el bar y se encaró con el cliente, obligándole a salir a la calle con muy mala educación. Una vez allí, le ordenó identificarse. Un gesto del todo impresentable, porque aunque la policía tiene derecho a pedirte el DNI en cualquier momento, no es de buen tono que lo haga a no ser que existan indicios claros de comportamiento impropio, peligroso o contrario a la normativa. Se supone que todos somos ciudadanos honrados mientras no haya razón para pensar lo contrario.

El parroquiano en cuestión, algo desorientado por dos cervezas y el brusco paso de inofensivo chiquitero a peligroso criminal investigado por la policía, exhibió su carnet de conducir. El munipa, siempre de malos modos y un talante despótico -solo era uno de ellos, su compañero se mantenía algo apartado y de perfil, sin decir nada- farfulló diciendo que esto no era América y aquello no valía. Finalmente, y después de una discusión en la que el consumidor asumió el papel de bobo feliz mientras el policía, ya fuera de sus papeles, despotricaba sobre propuestas de sanción y lo que le podía pasar al pobre individuo si se atrevía a tocarle siquiera la manga del uniforme, la cosa quedó en nada: el parroquiano a su caña y los agentes de la ley calle abajo en busca de otra presa fácil a la que amedrentar.

Obviamente el munipa estaba quemado. Sanitarios y cuerpos policiales son los colectivos más castigados por el esfuerzo que supone gestionar una crisis como la del Covid-19, que no es sanitaria como casi todo el mundo cree, sino política. Al menos un 30 por ciento de las plantillas han quedado tocadas por el patógeno. En otro post ya expliqué que los toques de queda decretados por el gobierno de la Nación y sus trompos autonómicos no tienen por objeto impedir los contagios, sino reducir la carga de trabajo de las fuerzas del orden.

A la hora de tratar con un agente de policía que no cumple con su deber o se muestra despótico, el procedimiento infalible consiste en mantener la calma y no dejarse llevar por la ansiedad o la cólera. Y si te haces el idiota, como el bravo soldado Schwejk frente a los oficiales del emperador de Austria, tanto mejor. Cuando aborda a un ciudadano, el aguerrido guardián de la ley va siempre internamente preparado para una escalada de la tensión. Si te mantienes en calma, como si fueras gallego, al munipa le vendrá el bajón de adrenalina y el conflicto se resolverá con una lectura de cartilla y algo de cháchara. Nunca falla. Al fin y al cabo, es la misma técnica psicológica que utiliza la policía para apaciguar a ciudadanos cabreados o intermediar en conflictos domésticos.

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