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Corrupción en Euskadi: el caso Miñano

Imputados del caso Miñano

Contrariamente a lo que se da por supuesto, soy de los que piensa que el juicio por el caso Miñano no va a pasar factura al PNV, al menos no por un precio demasiado alto. Nada comparable a la trama Gürtel ni a los ERE de Andalucía. Las razones son evidentes: en primer lugar, no consta que el Partido Nacionalista, a nivel orgánico, haya tenido nada que ver con las trapacerías de Alfredo de Miguel, Aitor Tellería, Koldo Ochandiano y demás imputados del proceso. Más decisivo aun, el PNV no es una bestia herida, como el PP de Mariano Rajoy a mediados de 2018, sino una máquina de poder bien engrasada, capaz de ganar elecciones autonómicas y mantener la mano firme sobre la estructura institucional del País, sin que al parecer exista otra alternativa de gobierno pensable.

Pero sí que va a tener un impacto considerable en otra esfera, más íntima, relacionada con el prestigio del partido y su imagen frente a la militancia, que es donde más duelen este tipo de sucesos. Porque la corrupción del caso Miñano no es como la de otros partidos políticos, que en su momento, y presionados por necesidades de la lucha electoral, se vieron obligados a montar tramas de financiación para ayudarse en su ascenso hacia el poder. Hablamos, por ejemplo, de la UCD de Adolfo Suárez y sus chanchullos con jeques árabes; del PSOE en tiempos de González, de la CDU de Helmuth Kohl en los años 90 o del propio Mariano Rajoy y la famosa caja B del Partido Popular.

Lo que ha pasado en Araba con el caso Miñano es mucho más burdo y camioneril: individuos que se aprovechan de sus cargos y su vinculación a un partido político para lucrarse personalmente. No bastaba tener una posición y un buen sueldo. Además, había que aprovechar la situación para hacer caja: ganar 300.000 al año, o más, con el propósito de hacerse un capitalito y salirse después de la política para vivir a lo grande durante el resto de sus días. Tráfico de influencias y cobro de comisiones ilegales eran la vía rápida.

Este tipo de pensamiento primario llevó a tratar los posibles obstáculos con la misma arrogante simpleza, que es típica en muchos vascos desprovistos de formación y modales: quien se opusiera a los planes de la trama, podía ser sobornado o apartado del camino por la fuerza. Y esto funcionó, hasta que un día toparon con una de esas personas íntegras que no se dejan amilanar por la chulería y las amenazas de los corruptos, y que es la que pone en marcha la maquinaria judicial que al cabo de los años da al traste con todo el castillo de naipes.

Aunque el PNV, por razones de humanidad y decoro, tolera fallos menores en individuos que cometen alguna torpeza con los dineros del partido o las atribuciones de sus cargos, suele también mostrarse implacable con quienes traspasan los límites de su confianza, y más en casos como este, cuando el efecto es parecido al de un rinoceronte entrando a la carga en la cocina de un batzoki. Por esto sorprende, sobre todo, la tibia y distante reacción del lehendakari Urkullu. ¿Basta con el distanciamiento y una condena formal? Del jefe del ejecutivo regional vasco se esperaba, cuando menos, que presionara por que se inicien los trámites de expulsión de la función pública de algunos imputados que, al parecer, viven todavía de ingresos procedentes de contratos establecidos con la administración. Esto plantea un interrogante de fundamental interés en este aspecto. ¿Hace el PNV lo suficiente para evitar que se produzcan situaciones semejantes? En otras palabras: ¿supervisa el tipo de gente que accede a las funciones públicas en nombre del Partido, hace algo para evitar la entrada de ovejas negras en el redil? Por lo que hemos visto, no mucho. Fíjense en esa imagen de los acusados en el banquillo: no son uno ni dos ni tres; es todo un batzoki con su parroquia de boronos de boina metida a rosca.

Alguno preguntará: ¿y qué hacer? Evaluar colectivos persona a persona es tarea harto difícil. Detectar al delincuente antes de que cometa su falta supone un desafío incluso para el psicólogo más experto, amen de los inconvenientes éticos que plantea. A mi parecer, lo que falta es formación. Los partidos políticos -y cualquier otro tipo de entidad organizada- estarían más atentos a los indicios de deshonestidad si supieran dónde tienen que buscarlos. En otras palabras, se trata de conocer mejor a la gente que se mueve en círculos, asambleas, organigramas y listas.

En su libro «La Mística del Management», el difunto Abraham Zaleznik, eminente psicólogo clínico y catedrático de la prestigiosa Escuela de Negocios de Harvard, describe de un modo magistral y difícilmente rebatible la génesis de ovejas negras. En el fondo, la incompetencia en las empresas y la incapacidad de los directivos para tomar las decisiones adecuadas y rendir lo que se espera de ellos tiene su origen en la deshonestidad personal. Pequeñas faltas, hurtos, escaqueos o transgresiones, cometidas por una falta de critero ético, o para obtener ventajas de poca monta, llevan con el tiempo a ausencias de compromiso mayores y a incumplimientos de obligaciones que al final hacen fracasar a una gran empresa o una estructura de poder. La detección de individuos sospechosos de venalidad debería tener lugar siempre con este criterio en mente.

También hay que promocionar a un tipo de político diferente al que tenemos ahora, borrego, infantil, cortoplacista y sin verdadera ambición de poder ni de hacer cosas. En el PNV hace tiempo que no hay políticos de verdad, solo funcionarios y vástagos apesebrados de este burukide, aquel histórico o el pariente de no sé quién. ¿Se acuerdan ustedes de cuando hicieron obras en la Plaza Moyúa de Bilbao y tuvieron que trasladar la fuente a un almacén municipal? Luego no aparecía por ningún lado la parte de arriba. Y al final resultó que un cargo foral del PNV la tenía montada en el jardín de su chalet? Esto lo dice todo.

Lo que realmente necesita Euskadi – también España y la Unión Europea- es un tipo de político responsable y maduro, con un sentido ético de las cosas y de sí mismo. Que sea consciente de que nadie le debe nada por ser quien es. Que se gaste con alegría el dinero del elevado sueldo que cobra antes de tirar de dietas y tarjetas black. Que no lo ahorre para un futuro que solo su propia cortedad moral le hace ver como algo incierto. Y que por eso mismo, no se vea inducido a llevar a cabo ningún tipo de negocio turbio a la sombra de su partido. En resumen, si se quieren evitar casos de corrupción tan bajunos y meloneros como el de Alfredo de Miguel y su chingo de cuatreros de baserri, hay que promocionar más a la gente de mentalidad abierta y sana.

Evitar situaciones bochornosas como el caso Miñano no resulta fácil, porque la naturaleza humana es como es y al final siempre hay alguien que la mete. Pero no hacer nada por remediarlo añade un agravante de incompetencia al perjuicio de imagen causado en la organización por la codicia y la torpeza moral de unos cuantos boronos codiciosos e irresponsables.

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