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Guillaume Pitron y el fracaso de las Energías Limpias

Guillaume Pitron

En un libro perturbador publicado recientemente, el abogado y periodista de investigación francés Guillaume Pitron (1980) predice el fracaso de una historia colectiva: la implantación de las denominadas «energías limpias». Este precisamente es el material que los políticos europeos venden a sus electorados y a la opinión pública. Y lo hacen tan bien que en algunos países -incluyendo el nuestro- existe la figura un tanto melodramática de un ministro o ministra para la «transición ecológica». ¿Por qué las energías limpias suponen un callejón sin salida? En un escenario dominado desde hace décadas por la banalidad neomarxista, la demagogia antinuclear, una guerra santa que no cesa contra el plástico o los diésel, y más recientemente los arrebatos místicos colectivos suscitados al paso de Greta Thunberg en su cruzada infantil foer Klimatet, no resulta fácil entenderlo. En principio, cosas como aerogeneradores, paneles solares, redes eléctricas inteligentes, vehículos eléctricos y sensores conectados a la Internet de las Cosas parecen algo realmente cool y muy necesario para que el mundo pueda arreglárselas sin combustibles fósiles o centrales atómicas. En otras palabras, un futuro pluscuamperfecto. ¿Qué desaprensivo no se apuntaría a un mundo limpio y autosostenible, antes que seguir soportando ese bosque de chimeneas que mancilla el cielo con humaredas negras y esas playas cubiertas de peces muertos que nos muestran en los documentales de la 2?

La explicación se ha de buscar, como de costumbre, en esa parte de la cadena de valor que no vemos, pero que resulta imprescindible para la elaboración del producto final. En nuestro caso, la logística industrial necesaria para la producción de la infraestructura tecnológica y los dispositivos que hacen posible un sistema económico basado en las energías limpias. Todos estos artefactos tan guays de alta tecnología necesitan para su fabricación de unas materias primas llamadas «tierras raras«. Hablamos de minerales poco abundantes como escandio, itrio y los 15 elementos del grupo de los lantánidos (lantano, cerio, praseodimio, neodimio, prometio, samario, europio, gadolinio, terbio, disprosio, holmio, erbio, tulio, iterbio y lutecio). Estos elementos químicos desempeñan una función crucial en la fabricación de circuitos electrónicos y aparatos de alta tecnología de todo tipo, necesarios para el máximo aprovechamiento de una infraestructura energética autosostenible. Por poner un ejemplo, si no tienes neodimio, no podrás fabricar ninguno de esos imanes que utilizas para fijar notas en la puerta de la nevera. Y tampoco los rotores de esas turbinas eólicas que ves cuando vas al monte a hacer trekking.

Debido a la escasez relativa de estos elementos con respecto a las materias primas tradicionales que se consumieron durante las Revoluciones Industriales de los siglos XIX y XX -hierro, carbón, petróleo, bauxita, etc.-, la explotación minera a gran escala y el refino de las tierras raras comporta un impacto ecológico considerable, mucho más vasto que el de cualquier mina o cantera convencional. Sus consecuencias para las aguas subterráneas, el paisaje, los ecosistemas y la salud humana son peores incluso que los del fracking. El tema tiene también implicaciones geopolíticas. El principal consumidor y productos de tierras raras -además de la mayor parte de las materias primas industriales- es la República Popular China. Una serie de errores cometidos por Europa y estados Unidos en sus políticas de almacenaje estratégico de estos elementos, tras el final de la Guerra Fría, ha hecho que el gigante asiático se convierta no solo en el principal país de acumulación de stocks, sino en el que decide la política mundial en cuanto a prospecciones mineras, desarrollo tecnológico y trazado de nuevas rutas comerciales en el contexto de la economía mundial del siglo XXI.

Si el precio que hay que pagar por un mundo limpio y autosostenible es incomparablemente más alto que el de la dependencia de los combustibles fósiles, entonces tenemos que irnos haciendo a la idea de que, por más que los políticos prometan o dispongan, esto terminará mal. Tanto para las ilusiones de los ecologistas como para el bolsillo del consumidor. Porque la única alternativa al desastre ecológico de las tierras raras consistiría en implantar un sistema de reciclaje y logística inversa de materiales eficaz al 100%. Y eso puede resultar tan costoso y exigente en materia de control social como la odiada energía nuclear, de la cual los gobiernos progresistas y sus electorados llevan medio siglo huyendo como de la peste. Con una excepción que ni siquiera hace falta mencionar: Francia. Allí, el 75 por ciento de la producción de energía eléctrica sigue siendo de origen nuclear. Con el apoyo incluso del Partido Comunista y amplios sectores de la izquierda.

Ya que hablamos de Francia y de los franceses, es preciso decir que existe otra alternativa al apocalipsis medioambiental disfrazado de parque eólico y plantación de paneles solares. En algunas páginas de su disruptivo libro («La guerra de los metales raros», ed. española en Península 2019) Guillaume Pitron nos lo menciona de pasada y entre líneas, como si quisiera que fuésemos acostumbrándonos a la idea poco a poco: las nuevas energías atómicas, basadas en el ciclo del torio y la fusión termonuclear. Paradójicamente, el desenlace de este sueño de las energías «limpias» puede saldarse finalmente con el regreso a estrategias industriales y energéticas abandonadas durante los años 80 del siglo pasado debido a la presión demagógica de los partidos ecologistas y de izquierda.

Esto el autor no lo dice explícitamente, pero lo queramos o no, todo el hilo de su argumentación conduce a ello. Existen incluso motivos para pensar que algunos gobiernos -entre ellos el de España, y no precisamente ayer, sino durante la época de Zapatero- ya han decidido el retorno a la energía nuclear. Si no se ha hecho público es porque aun no encuentran el momento oportuno para vendérselo al electorado. Es conocido que, cincuenta años después de la gesta del Apolo XI, algunas potencias mundiales están haciendo planes para volver a la Luna, donde existen inmensas planicies sembradas de Helio 3, un elemento crucial para el desarrollo de la primera generación de reactores de fusión nuclear. (Derechos de imagen pertenecientes a la Agencia de Publicidad Anne & Arnaud, París)

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