¿Cuál es la Historia?

Crónicas Emprendedoras

El otro Bilbao: sí, ese que casi nadie quiere ver

MTV, Guggenheim, Abandoibarra, pintxos, premios que nos concedemos a nosotros mismos, la Ría limpia, turismo en ascenso… o al menos, eso dicen. En apariencia, durante las últimas dos décadas la ciudad ha experimentado cambios que la convierten en la envidia del resto del mundo. “Bilbao está muy bien”, “ahora es que da gusto pasear”, etc., son las perfectas frases hechas para reforzar los protocolos de socialización en ambientes poteros de jueves por la tarde en Diputación o Maestro Rivero. La verdad, su parte de razón sí que hay, comparando con cómo estaba antes la ciudad, allá a finales de los años 80, cuando la Reconversión Industrial, los disturbios de la Naval, la polución atmosférica, el terrorismo, la kale borroka y otras irracionalidades milenaristas por el estilo. El resultado del optimismo conformista en la contemplación del nuevo Bilbao es un refuerzo de los vínculos de cuadrilla, cuando tu grupo primario de referencia está formado por los típicos chorras bilbaínos de clase media que trabajan para la Diputación Foral o alguna empresa pública. Pero si le preguntan al pobre diablo que les sirve los crianzas (con frecuencia un emigrante sudamericano), probablemente se encogería de hombros, por no violentar a los parroquianos con una respuesta desabrida.

¿De qué va esta vez la historia, me preguntarán ustedes? Pues esta vez la historia no va de lo que se ve, sino de lo que hay al otro lado del espejo. Si atendemos al aspecto externo, definido por el skyline levantado por César Pelli, Araka Isozaki, Zaha Hadid y otras superestrellas de la arquitectura mediática, así como por ese tranvía de juguete tan fotogénico y unas calles pulcras y ordenadas, qué duda cabe de que Bilbao está no bien, sino de fábula. De hecho, Bilbao es una ciudad segura, bonita, acogedora y con calidad de vida… pero solo para quien puede permitírselo. Porque de puertas adentro, y atendiendo a algunos aspectos básicos, en realidad Bilbao deja bastante que desear. No porque lo diga el camarero sudamericano, si le dejaran hablar con entera libertad. Hay cifras y hechos que hacen un ruido bien discordante con la música de fondo de nuestra propaganda institucional.

Para empezar, Bilbao tiene una tasa de paro del 14,7 por ciento, cuando la de Bizkaia debe estar a estas horas ya por debajo del 10. La bonanza experimentada por un sector industrial del que tira una economía global en recuperación no se refleja en la dinámica del mercado de trabajo local. Cuando una ciudad no crea empleo a un ritmo mayor que el de su hinterland, ahí pasa algo raro. Cabría pensar que los flujos migratorios tienen que ver algo con esto, como cuando en el pasado se producían grandes avalanchas desde el campo a algunas urbes importantes en proceso de industrializaicón acelerada, como Barcelona o Berlín. No es ese el caso, sino todo lo contrario: desde los años 70 Bilbao ha perdido más de 70.000 habitantes, y la cantidad de viviendas desocupadas que hay en sus barrios céntricos es tan elevada que la misma administración ha decidido tomar cartas en el asunto anunciando el infame decreto de un IBI adicional para los pisos vacíos.

En otras palabras, Bilbao no genera empleo. Y una ciudad que no genera empleo ya puede ser todo lo cómoda que quieras para vivir, que solo la disfrutarán unos cuantos privilegiados con sueldos fijos y los turistas que están de paso. Pero vamos a las causas de esta parálisis económica. ¿Debemos atribuírselas a la crisis del petróleo y a la reconversión industrial? Sería una buena excusa si estuviésemos en los años 80, y otras regiones que hacia la misma época padecieron el impacto de la recesión y la crisis estructural, como la cuenca alemana del Ruhr, los Midlands británicos o el Medio Oeste americano no fuesen hoy lugares prósperos y dinámicos con una cultura emprendedora desarrollada.

En realidad no hay excusas, sino indicios de que algo no se está haciendo bien. ¿Quieren uno? Fíjense en todo lo que se ha edificado durante los últimos años en el centro de Bilbao: apartamentos de lujo, oficinas, hoteles. Un revival en pequeño del boom de la construcción anterior al 2007. Todo vendido, dicen las inmobiliarias, y más mercancía en curso. Pero echen un vistazo a las lonjas de las plantas bajas: casi todas ellas desocupadas. Esas tapias y esos letreros de “se alquila” son el más elocuente testimonio de un hecho indiscutible: el motor económico de Bizkaia se detuvo hace más de 40 años. Todo intento por ponerlo de nuevo en marcha, a base de desarrollar una economía de servicios y urbanismo futurista, ha resultado inútil. En la actualidad vivimos del impulso acumulado un volante de inercia que aun gira dando sus últimas vueltas.

Los precios son altos, tanto o más que en Barcelona o Madrid -¡con una población que es 10 veces menor!-. La carestía es el resultado de diversos factores: altos precios de la energía, medidas regulatorias, falta de espíritu emprendedor, escasez de espacio edificable y, sobre todo, el exceso de financiación resultante del sistema de Conciertos Económicos entre el Estado y las Diputaciones Forales, que se transmite a la economía a través de altos salarios del personal vinculado a la administración, inversiones de capital mal planificadas (como el BEC o la Supersur) y otros dispendios faraónicos.

Elevados impuestos, un intervencionismo público cada vez más asfixiante, merma de libertades -por ejemplo, en forma de ese nuevo proyecto de Ley de Empleo Público que prepara el Gobierno Vasco-, turismofobia latente, el poder de los gremios -ofensiva de taxistas contra Uber- y otras condiciones por el estilo, que son el reflejo de una cultura y una mentalidad vasca hostiles al mundo de la empresa y a la iniciativa particular, dan forma a las precarias bases sobre las que se asienta el tinglado potempkin de un Bilbao glamouroso y modélico con todo su aparato de autopremios y sus aspiraciones a constituir un referente para la ciudad sostenible y socialmente integrada del siglo XXI. ¿Estan buscando estrategias para el éxito? Nuestros funcionarios públicos han descubierto una que funciona bastante bien: remuevan cualquier anuario estadístico en busca de un parámetro en el que la ciudad destaque, aunque sea banal: por ejemplo, la ciudad con más farolas por hectárea cuadrada en el paseo fluvial, o con mayor número de balancines hechos con material reciclable en los parques infantiles. Hagan después una nota de prensa y publíquenla en los medios locales. Así de fácil.

No nos damos cuenta de lo endebles que son las bases de nuestra economía porque ahí está el colchón financiero del Concierto Económico para hacerlas pasar desapercibidas. Pero si algún día cambiase el sistema de financiación autonómica en España, entoces sí que nos íbamos a enterar. De la noche a la mañana el 30 por ciento del PIB vasco se volatilizaría, y Euskadi quedaría encuadrada en la misma matriz de parámetros socioecónomicos que Cantabria o Asturias. ¿Estamos preparados para ver cómo Bilbao se convierte en un segundo Oviedo? Porque eso es lo que en realidad es Bilbao, una vez perdida su antigua pujanza industrial y su espíritu emprendedor de otros tiempos.

Es mucho lo que tendría que cambiar en Bilbao para que realmente fuéramos una urbe moderna y capaz de marchar al ritmo de los tiempos. No hay aquí tiempo ni espacio para hablar de todo ello. Por eso lo vamos a dejar en la más urgente de sus necesidades actuales: fomentar, al precio que sea, la creación de un ecosistema emprendedor independiente y de una cultura favorable a la innovación, con mayores índices de libertad económica, menos burocracia y las condiciones necesarias para el desarrollo de la actividad económica en el escenario de los mercados globales.

¿Queremos los beneficios del progreso, smart cities, startups, capital riesgo, reindustrialización? ¿O nos conformamos con el muermo conformista y funcionarial de ahora? Bilbao puede ser una ciudad hermosa y atrayente para vivir. Puede atraer no solo el talento de un arquitecto de renombre atraído por las generosas ofertas del sector público, sino también el de un inversor privado, un emprendedor, un electricista o incluso un buen camarero. Pero solo cuando las oportunidades que ofrezca a las empresas y su capacidad para crear empleo y riqueza sean algo real, y no un tópico de esos folletos de publicidad institucional hechos con papel de alta calidad y pagados, faltaría menos, con dinero del contribuyente.

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